martes, 13 de diciembre de 2011
Y no me olvido
miércoles, 21 de septiembre de 2011
El instante
jueves, 25 de agosto de 2011
Sis...
sábado, 6 de agosto de 2011
Ojo por ojo...
jueves, 28 de julio de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
Arroz con leche
Amor, ven a mí una vez más.
Alguna vez llegaste y te escapaste de mis manos,
te fuiste de mi corazón
y me dejaste el alma sola.
Alegría y risa
comprensión y compasión
amistad.
Compañía.
De ti lo quiero....
por ti me espero.
viernes, 24 de junio de 2011
Una vez más.
Y en todo hay intensidad,
y en la intensidad estoy yo
...y en mí están tus manos.
Tus manos que recuerdo.
Delgadas.
En tu cuerpo está la sensualidad,
el momento,
el instante.
Tu desaparición y aparición.
Tu combustión espontánea.
Nostalgia desmesurada e injustificada.
La tristeza de otros hoy es parte de mí.
Las palabras, la sangre,
las fotos, la vida.
El amor y el desamor que vienen y van.
La alegría desbordada, la incertidumbre agotadora.
Pedazos de mi vida descompuestos
y comidos por las moscas.
Un rompecabezas por armar se ve en la distancia,
en la corta distancia.
El tiempo, mi karma.
La música, mi calma,
mi exaltación,
mi nostalgia inducida.
jueves, 23 de junio de 2011
San Corpus Juan Christi

Después de comerme la arepa de reina pepiada menos reina pepiada del mundo (estaba buenísima pero eso era ensalada de gallina, no reina), llegué a Naiguatá en compañía del grupo de Fotografía antropológica de la ONG. Entramos en una casa en la que fuimos bienvenidos e invitados a subir para ver algo de la ropa y máscaras para la fiesta que se celebraría en unas horas.
Comenzamos a subir por el pueblo, donde en cada abasto o kiosco donde preguntábamos por agua, nos decían que solo tenían cerveza. Conversamos con la gente, visitamos la casa donde tenían el altar de San Juan, y la gente, confusa, nos decía que no sabían muy bien cómo harían al momento de celebrar, porque había diablos que también eran sanjuaneros (que tocan los tambores), así que ahí, en la planificación no planificada irían viendo.
El sol picaba, la humedad sofocaba, pero la cerveza aliviaba. Vimos el primer diablo a las nueve de la mañana, un niño emocionado con el vestuario ya puesto y sus campanas colgando de la cadera - Es interesante saber que estos diablos son los únicos que no solo hacen sus máscaras sino que pintan con diseños muy coloridos la ropa que usan para la fiesta, también llevan colgadas campanas en sus caderas que suenan al unísono de sus zapateados sobre el asfalto al rededor de la Plaza Bolívar.
Tomamos fotos, seguimos conversando. Sonó el toque del Cajero y todos bajaron corriendo desde la parte más alta del pueblo a unirse a la fiesta.
Explosión de color, baile, movimiento. Los diablos comenzaron a hacer sus promesas, a moverse arrodillados en sentido a la iglesia - que guardaba sus puertas cerradas, los diablos no entran a la iglesia sino antes, sin las máscaras y sin las ropas coloridas, a recibir la misa.
De repente la confusión: ¿Cómo será el asunto con San Juan? Vimos los tambores pero no sabíamos cómo sería. Entonces se detiene por un momento el acto de los diablos y comienza el repique de los tambores de San Juan. Tun tun tun tun... late el corazón fuerte al ritmo de la percusión. Todos bailan y alzan pañuelos rojos al aire. Son 15 minutos de "BUEN DÍA... SAN JUAN"... las máscaras se levantan y se ven al voltear la mirada. Estuvimos en medio de ambos, tambores y máscaras.
Volvimos al Corpus Christi...
Una chica fue poseída por el diablo antes de pagar su promesa. Lloraba, gritaba. Debieron llamar al Diablo mayor para ayudarla, le leían estampitas con oraciones, le echaron agua bendita y la sacaron del trance en el que había entrado.
Se nos hizo repetitivo y nos fuimos antes de que el sol nos calcinara las neuronas, pero no sin antes comernos un helado de mantecado con un oculto sabor a coco y sirope de dulce de leche - por 5 bolívares - que nos endulzó la partida.
De regreso a Caracas disfrutamos de conversaciones amigables, una caminata por la Avenida Victoria, un shawarma mixto y... de postrecito unos frutos secos comprados en bolsitas por gramo, nos disfrutamos un pedacito de ciudad antes de irnos a descansar.
Buen día este.
viernes, 17 de junio de 2011
-liza.tú.
¿Qué me quiere decir mi subconciente con esto?
Hoy llegué a la conclusión de que lo que quiere decirme es que tome acción: verbo es acción.
Y sí, definitivamente engaño a mi mente, mantengo mi cuerpo activo, no paro, voy de un lado al otro... y aún así, dejo de lado lo que me atañe.
Me lo repito tanto que ya causa gracia. Pero, ¿qué importa?
"Verbalízate, verbalízate".
lunes, 6 de junio de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
Las nubes

Por haberme acercado un paso más hacia la meta.
Por las miradas de aceptación.
... También por la música... por 8tracks.
Por mi cámara guardada y vuelta a sacar a la luz.
Por mi mascota que aún me acompaña, por el amor que otra le dio a mi familia (y lamentando que ya no pueda dárselo más).
Por los deseos de cercanía.
Por la comprensión de que todo cambio trae consigo aspectos positivos.
...Por los cúmulos, los nimbos y los cirros: las nubes.
domingo, 8 de mayo de 2011
Chicharras y sapos
Cuando tenía uno me hacías caminar sobre la grama irregular de aquel jardín caluroso del campo petrolero que tan felices nos hizo a todos durante mis primeros cinco años de vida. A los cuatro me dabas nísperos y mangos que arrancabas de las matas de la casa. A los cinco me comprabas Rockolate y malta, la misma que usaste para ayudarme a sustituir la leche materna… ahora entiendo el porqué de mi volumen curvado. Me enseñaste a divertirme con más que muñecas. Me diste a Robert y a Roberto, los sapos que saltaban por todo el patio y yo perseguía hasta agarrarlos con mis manos. Aprendí qué era un congorocho y un guasarapo. Los congorochos se enrollaban cuando los tocabas y si los pisabas muy fuerte, crujían… tenían como cien paticas, ¿será por eso que les dicen ciempiés? Los guasarapos eran los hijos de Robert y Roberto que andaban nadando en los pocitos de agua estancada que se hacían en la parte de atrás de la casa. Me amarraste varias chicharras a pabilos para que jugara con ellas (puede sonar cruel pero a mí, de pequeña, me encantaba creer que eran mini papagayos). Me hiciste creer que esas maticas – que aún no sé cómo se llaman – en verdad se dormían si las sobaba y al mismo tiempo les decía “duérmete, duérmete”. A los ocho me comprabas un reloj de goma nuevo cada fin de semana a la salida del metro; no sé qué hacía con ellos pero tú siempre me complacías dándome uno de un color distinto cada vez. Recuerdo mi favorito, era morado con blanco… daba la hora digital. A los tres y cuatro me llevabas a la parte de afuera de la clínica de la ciudad donde vivíamos, el Centro Médico de Cabimas, y me comprabas una palmerita, de esas grandes… y la sacaban de una cesta plástica azul y la metían en una bolsa de papel marrón. Tú pedías para ti una bolsa de tostoncitos. A los diez… malvados diez… me interné en tu casa y luchaste una batalla de dos semanas contra los piojos. La ganaste. No recuerdo la edad… pero cuando me dio lechina me bañaste con agua de hojas de “Cola de ratón”, me pusiste pañitos húmedos en la frente para aliviar la fiebre y, de nuevo, cuando me sentí mejor, me premiaste con una palmerita. Todas las navidades me regalaste pantaletas, hubo una en la que me regalaste una pulserita y un anillo que hacían juego. Los 31 me llenabas la ropa de lentejas crudas, y en la noche, al llegar a casa y desvestirme en el baño, salían de mi ropa interior y terminaban en el piso, haciéndome sonreír y recordar la noche. A los quince me seguías preparando jugo de mango a pesar de que te decía que estaba a dieta. Me continuabas guardando la maltica al final de tu nevera, escondida de los ojos de los demás. Me dejabas pellizcar tus brazos arrugados para ver cómo la piel se tardaba unos segundos en volver a su lugar, me permitiste fotografiar tus manos y tus pies… y hacerte el retrato más bello de todos. A los diecinueve me consolaste con palabras sabias cuando lloré por primera vez por un hombre. A mis veinte te fuiste, pero me diste la oportunidad de darte un abrazo de despedida días antes. La última vez que hablamos por teléfono me dijiste “Yo sé que estás lejos, pero yo te escucho cerquiiiita”.
Cómo olvidarte Mamá, Mamá Micaela, Mamacaela… ¡Mamacandela! Felices 95 y… ¡Feliz día de las madres!


